Estoy cansado. Regreso del tour y aparco la bici mientras agradezco a todos los que vinieron por su tiempo y esfuerzo. Les pido amablemente que dejen una propina si creen que el tour valió la pena y luego me escabullo sigilosamente hasta el pasillo al fondo de la sala.
Una discreta puerta blanca me espera y, tras ella, una oscuridad aterradoramente profunda que intenta consumirme antes de alcanzar el interruptor de la luz junto a la puerta. Una luz blanca parpadea hasta cobrar vida, luego otra, y otra más, hasta que un largo tramo de escaleras metálicas desciende a mi vivienda actual.
Esta es la entrada a mi calabozo.
Es primavera de 2018 y soy un guía turístico de bicicleta en Barcelona. Mis tours llevan a la gente a muchos de los monumentos más populares de la ciudad (y del mundo). ¿La Sagrada Familia? Primera parada del recorrido. ¿La Pedrera y la Casa Batlló? Incluso les contaré la historia de Sant Jordi para acompañar la visita. Tengo un set de chistes confiables en mi narración y siempre la pegan.
Los tours conforman la mitad de mis tareas en un hostal que no nombraré, donde también me encargo de cocinar para los huéspedes seis días a la semana. Lo hago porque no puedo conseguir un trabajo formal y, a cambio de mis servicios, los dueños del hostal me han concedido una pequeña habitación con una cama en el sótano.
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Bueno, llego a la habitación al pie de las escaleras y reviso las jarras para asegurarme de que aún no estén llenas. Tres humidificadores zumban lentamente, absorbiendo la humedad en el aire y almacenándola en tanques, que vierto cada mañana en las jarras hasta que se llenan para luego tirarlas en el baño de arriba.
El sótano está dividido en dos habitaciones y una sala de estar con su alfombra y sofá. A pesar de los estantes con productos de limpieza y bolsas de papel higiénico nuevo, se siente lo suficientemente acogedor como para evitar que grite.
Una habitación está llena de todo tipo de cosas: colchones viejos, bolsas de basura negras llenas de mantas, cajas con manijas de puerta viejas, pinceles y todo tipo de tornillos. La otra habitación es donde duermo actualmente.
Además de la cama mencionada, hay un escritorio con silla, una alfombra de IKEA que traje de mi antiguo apartamento y dos estantes de madera para colocar mi ropa y otras pertenencias. Y es entre dichas pertenencias que tomé mi más reciente e increíble adquisición: mi nuevo Nintendo Switch.
Solo tengo Breath of the Wild, pero este juego es más que suficiente y es el mejor y más grande regalo que me he hecho desde que vine a vivir a Europa. Dejen que les cuente sobre este juego, banda.

Mi primera impresión
Breath of the Wild trae a Zelda de vuelta a sus raíces, pero eso ya lo sabías. Si eres fan de Zelda o incluso de Nintendo, habrás oído, visto y probablemente probado este juego y todos los elogios que ha recibido durante el último año desde su lanzamiento. Yo apenas estoy llegando a esta fiesta.
Yo también estaba inmerso en el hueco de información sobre el juego, solo que no tenía amigos con la consola a quienes poder visitar para jugarlo. Ninguna tienda cercana lo tenía para probar y las filas para jugarlo en los eventos de gaming locales eran imposibles de penetrar.
Durante un año, solo soñé con comprar el Switch para luego poder comprar Breath of the Wild.
La primera vez que encendí el juego, tenía la consola conectada a una pantalla LCD en el apartamento de mi ex-novia. Se veía mejor que en mis sueños. Aguanté unos emocionantes 45 minutos antes de apagar e irme a la cama, y ni siquiera llegué al primer santuario del juego. ¿La razón? Me desviaba constantemente y me detenía a observar con asombro cada pequeño detalle de mi entorno.
Hay una gran entrevista de Stephen Totilo en Kotaku donde cuestiona a Shigeru Miyamoto, el creador de Super Mario y Link, sobre cómo todos los títulos principales de Zelda desde el original han retrasado progresivamente el acceso del jugador al primer calabozo. Skyward Sword es el transgresor más ofensivo, con 70 minutos de espera antes de que llegues a algo que se pueda llamar «divertido».
No es el caso de Breath of the Wild. A mi ritmo, entrar en esta versión de Hyrule me tomó menos de cinco minutos y el juego me animó a jugar. No es como en juegos de la saga Metal Gear Solid, donde tiene que aparecer un botón en pantalla para indicarme que puedo pulsar un botón para hacer algo. Este Zelda quiere que intente algo, lo que sea, pa ver qué pasa.
Salto a un árbol, pa ver si trepo. ¡Ajo, sí puedo treparlo! Cool. ¿Y si hago lo mismo con una pared? ¡Ajo! La trepo automáticamente. Bien. ¿Nadar? Simplemente salta desde un risco y a ver si sobrevives. Para un hombre encerrado en un sótano en Barcelona, este mundo expansivo y misterioso era la definición textual de libertad y escapismo.
Atrapé un escarabajo saliendo de la cueva donde resucité. Meh. Encontré mejores pantalones e intenté explorar cada rincón y grieta del antiguo Templo del Tiempo. Si hubiera sido un stream en Twitch, mis pobres espectadores se habrían desmayado de aburrimiento solo viéndome puyar al juego e intentar escalar todo lo que viera, solo para ver si podía.

Pero esta historia no es acerca del juego; al menos no del todo. Es sobre cómo, cada vez que volvía de un tour en bicicleta, me quitaba las Chuck Taylor blancas, me metía en la cama y escapaba al instante de los confines de ese viejo y húmedo sótano a los exuberantes y soleados pastos de la Gran Meseta.
Ayudó mucho a mi estado de ánimo, sobretodo durante las primeras veces que hice el tour. Durante las dos primeras semanas, cada tour era una aventura, a veces peligrosa, tanto para los huéspedes recién llegados como para mí que no tenía la ruta establecida.
Todavía me avergüenza admitirlo como alguien que llevaba casi tres años viviendo en la ciudad y no sabía prácticamente nada de su historia.
¿Pero al primer mes? Ya me enfocaba más en los invitados que en la ruta en sí. Dependiendo de quién se presentara al tour, adaptaba los comentarios, omitiendo algunos chistes subidos de tono o adoptando una personalidad diferente para ser más agradable y conseguir mejores propinas.
En lo único en que podía pensar era terminar el tour lo más rápido posible para volver a mi guarida y jugar unas horas más en Hyrule.

Mi Gran Momento en BOTW
Lo probé todo. En lugar de empezar en las típicas zonas de lava o agua, me dirigí directamente al desierto Gerudo. Ok, ¿dices que puedo hacer lo que quiera en este nuevo Zelda? Voy a probarlo ahora mismo.
En efecto, el primer boss real al que me enfrenté dentro de la bestia ancestral, Vah Naboris, resultó ser el más difícil al que me enfrentaría en todo el juego, no solo por mi falta de experiencia con los controles, sino también porque Ganon de la Plaga del Trueno, era uno de los enemigos más difíciles.
Concebido para poner a prueba los reflejos del jugador al desviar y esquivar ataques, este ser maligno ataca con rayos y un sablazo letal que cuereaba a mi Link una y otra vez, haciéndome allegado íntimo de las pantallas de Game Over y Continue.
Debí morir unas 50 veces, fácil. Tenía, quizás, cinco corazones en total, ninguna armadura especial ni mejorada, y mi resistencia aún estaba en su nivel de principiante. Más tarde me enteraría que existe una armadura de goma que anula los ataques de trueno, pero la conseguí alrededor de mi hora número 120 con el juego.
Pero en la vida #51, cuando por fin logré esquivar el corte horizontal de este cara de verga, y la voz de Urbosa, la campeona que murió a manos de este monstruo, gritó «¡YES!” al tiempo que se activaba la cámara lenta, mi corazón se hinchó como si no hubiera jugado a un videojuego en más de una década.
Ahí está. Ese fue el momento en que supe que sobreviviría los siguientes dos meses viviendo en aquel sótano y que, a pesar de todo lo que la vida me aventara, resistiría con valor, a pesar de las probabilidades en mi contra.
Llámalo una historia de fanatismo o de las alegrías del capitalismo, pero lo cierto es que invertir en un Nintendo Switch y en un videojuego nuevo resultó ser una inversión en mi alegría y, por tanto, en mi bienestar mental y emocional. Una crema de corazón para el alma, por así decirlo.

No sé si otro juego me hará sentir tan bien en el futuro cercano, ni si alguna vez experimentaré dificultades como aquellos tres meses de mi vida que pusieron a prueba mi voluntad y perseverancia. Casi me da la curiosidad suficiente como para volver a meterme en problemas solo para ver si Link o algún otro héroe me salva una vez más.
Casi.
Publicado originalmente el 12 de abril de 2019.
Amo este juego! Gracias por mostrarmelo 🙂