El pasado jueves 11 de diciembre, el presentador y creador de los Game Awards, Geoff Keighley, salió a dar su discurso de apertura y, por un breve instante, su taciturno rostro de siempre mostró un destello de humanidad al confesar que perdió su casa y luego a su padre este año.
Por un instante, la tenue indicación de su voz resquebrajada y sus ojos semi-aguados me dieron la impresión de que algo había cambiado en este hombre y de que quizás veríamos ese cambio reflejado en la organización del evento este año.
Me equivoqué rotundamente. Keighley paró el cuentito y procedió a echarnos el mismo barranco de los últimos 11 años, un chorizo de comerciales interrumpido ocasionalmente por la repartición de un premio, un discurso de aceptación o una presentación musical.
Pero ya mi mente había picado el anzuelo.
De pronto me puse a imaginar un futuro distante. Un mundo en el que, como todas las cosas, el tiempo de Keighley como el caudillo y maestro de ceremonias de su propio circo ha llegado a su fin, y de repente todo comenzó a cobrar vida en mi mente.
Porque los Game Awards son “la noche más importante de los videojuegos”, pero el aspecto y ejecución de dicha velada depende absolutamente de la forma de pensar de una persona que ve los videojuegos como industria primero y como todo los demás después.
Todo al revés
No me apena decir que he sido un ávido fan de los Game Awards desde sus inicios, pero he sido testigo de como el show trata cada vez peor a la gente que crea los videojuegos que dice celebrar.
Durante su discurso de apertura, Keighley sonríe mientras alardea del gran número de anuncios y revelaciones de juegos nuevos en lo que Kotaku reporta que un trailer de 60 segundos cuesta alrededor de $450,000 y los precios ascienden a $1 millón por un bloque de tres minutos en el evento.
Más adelante en el discurso, el presentador menciona al equipo de Sandfall, el estudio detrás del éxito indie del año, Clair Obscur: Expedition 33, quienes ocupan dos filas del auditorio y viajaron desde Francia para la ceremonia.
Lo que muchos no sabíamos es que, a pesar de que Clair Obscur contó con 13 nominaciones—el mayor número en la historia del certamen—los organizados de los Game Awards solo otorgan dos boletos a cada nominado.

Así es, el resto de los miembros de Sandfall tuvo que costear sus boletos a precio regular, lo cual no es un problema si tu juego es el indie darling del año, pero otros equipos con menos éxito no podrían darse el lujo de asistir al evento a ver si ganan.
Todo esto sin contar el gasto que supone viajar a Los Angeles, hospedarse en un hotel y, tú sabes, vivir sin el respaldo de una editorial.
Bailando la vara
Como dije antes, los Game Awards son un reflejo de su creador: uno que se amolda y adapta a la moda del momento si con eso consigue retener la confianza de los estudios y ejecutivos en que depende.
Definitivamente no se trata de satisfacer a los equipos que crean los juegos, porque si esa fuera la finalidad, no tendríamos iniciativas abandonadas en silencio como Future Class.
Future Class fue una iniciativa cuyo propósito era encontrar jóvenes destacados en la escena indie de videojuegos para ponerlos en contacto con profesionales de la industria, incentivando conexiones y formación continua.

La idea surgió en 2020 como respuesta al clima social que en aquel entonces aplaudía la diversidad e inclusión de minorías.
Un mes antes del gran evento, la organizadora de Future Class, Emily Weir, confirmó que, por segundo año consecutivo, no tendrían nada planeado para el evento y que no tenían “ningún plan de programación activo para Future Class” en el futuro.
La página de Future Class fue removida del sitio web de los Game Awards también, quitándole el reconocimiento a los participantes de años pasados. Nadie en la administración de los Game Awards ha explicado por qué.
Inconsistencias similares han surgido a lo largo de los años. En 2022, Keighley abiertamente reconoció la situación con Ucrania en un tweet que luego borró, pero en 2023, cuando el comité de Future Class le envió una carta pidiéndole que se pronunciara sobre la guerra en Gaza, el presentador la ignoró por completo.
Plástico
Este año, los Game Awards se dieron en un show de casi tres horas donde solo 17 minutos fueron dedicados a galardones.
Keighley dirá que la creación del evento es un acto malabarista entre presentar comerciales caros y homenajear a los equipos que crean los videojuegos que hacen el show posible, pero está claro que una cosa es más importante que la otra para él.
Los Game Awards siempre han querido posicionarse como “los Oscares del gaming”, pero lo cierto es que otras ceremonias como los BAFTA o los Game Developers Choice Awards (GDCA) cumplen esta labor con mucha más elegancia y respeto.
Acá en España, el evento es transmitido a la 1:30 a.m., por lo que ya no me quedo para verlo como solía hacerlo en años anteriores. Cada año desde 2021, me levanto por la mañana a trabajar y veo el stream en YouTube mientras respondo casos en mi sofá.
Y cada año me siento aliviado de que no tuve que desvelarme para quedar decepcionado.
Podría ser peor
Lo triste es que el show en su formato actual no se irá pronto. Los Game Awards 2024 se transmitieron a 154 millones de streams globales, y este año se transmitieron por primera vez en Amazon Prime este año, lo cual seguro subió el número de vistas exponencialmente.

Por todo lo malo del show, lo cierto es que a mi me gusta hablar mierda cuando alguien famoso hace una estupidez en tarima o cuando un trailer no me mueve tanto como a la gente que aplaude en el público.
Los Game Awards también atraen un montón de visibilidad positiva a otros sectores importantes con sus propias presentaciones, como lo son el Latin American Games Showcase, Women-Led Games Showcase y Day of the Devs.
Esto sin mencionar que hey, algunas de las presentaciones en años pasados han salvado títulos que de otro modo nunca hubiésemos visto y mucho menos jugar.
En años pasados, quise convencerme de que los Game Awards ya han sobrepasado el umbral en que necesitaban probarse como un evento legítimo. Que el show puede aguantar solo con presentaciones musicales y más categorías de premios importantes como mejor diseño de niveles o incluso separar al mejor actor vocal del mejor actor de performance capture. Que no necesitamos comerciales cada dos minutos para retener nuestra atención a algo que supuestamente nos importa.
Por desgracia, este año redobló mis dudas. La marca The Game Awards está tan aferrada al consumismo y al ego de su creador, que no veo una salida aquí, pero puedo seguir soñando.
En ese futuro idílico que vislumbré al comienzo, Keighley está sentado al lado de aquella silla vacía que dejó para su difunto padre. Está sonriendo y, al igual que yo y muchos otros, está apreciando un mundo que se desenvuelve con mucho más carisma y pasión sin él al mando.







